{"id":169315,"date":"2014-04-04T00:00:43","date_gmt":"2014-04-04T06:00:43","guid":{"rendered":"http:\/\/www.diarioimagen.net\/?p=169315"},"modified":"2014-04-04T03:35:38","modified_gmt":"2014-04-04T09:35:38","slug":"maria","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.diarioimagen.net\/?p=169315","title":{"rendered":"Mar\u00eda"},"content":{"rendered":"<h2>Cu\u00e9ntame algo para no morir<\/h2>\n<h5>Edgar G\u00f3mez<\/h5>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<div id=\"attachment_169353\" style=\"width: 250px\" class=\"wp-caption alignleft\"><a href=\"http:\/\/www.diarioimagen.net\/wp-content\/uploads\/2014\/04\/panteon-cuautla-2328.jpg\"><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" aria-describedby=\"caption-attachment-169353\" class=\"size-medium wp-image-169353\" alt=\"La palabra muerte, que no pronunci\u00f3 Claudia, la tom\u00f3 por un momento desprevenida. Ten\u00eda seis meses que no visitaba a su madre.\" src=\"http:\/\/www.diarioimagen.net\/wp-content\/uploads\/2014\/04\/panteon-cuautla-2328-240x144.jpg\" width=\"240\" height=\"144\" srcset=\"https:\/\/www.diarioimagen.net\/wp-content\/uploads\/2014\/04\/panteon-cuautla-2328-240x144.jpg 240w, https:\/\/www.diarioimagen.net\/wp-content\/uploads\/2014\/04\/panteon-cuautla-2328-420x252.jpg 420w, https:\/\/www.diarioimagen.net\/wp-content\/uploads\/2014\/04\/panteon-cuautla-2328.jpg 714w\" sizes=\"auto, (max-width: 240px) 100vw, 240px\" \/><\/a><p id=\"caption-attachment-169353\" class=\"wp-caption-text\"><em>La palabra <strong>muerte<\/strong>, que no pronunci\u00f3 Claudia, la tom\u00f3 por un momento desprevenida. Ten\u00eda seis meses que no visitaba a su madre.<\/em><\/p><\/div>\n<p>Era medio d\u00eda. El sol se posicionaba en el cenit con un calor cercano a los treinta grados. Eran una tarde m\u00e1s de julio en Cuautla, la segunda ciudad m\u00e1s importante en el Estado de Morelos, eso mencionaba el portal del gobierno municipal. Pero, para Mar\u00eda, no era un d\u00eda cualquiera, hab\u00eda recibido la noticia de la muerte de su madre, Do\u00f1a Elvira quien a sus noventa y dos a\u00f1os se hab\u00eda despedido de la vida. Quiz\u00e1 como el viento se despide por momentos, algunas veces con una tolvanera, otras veces como brisa que refresca o por momentos como ese aire caliente y seco que quema las mejillas e incomoda a quien lo recibe. Esta \u00faltima, era la representaci\u00f3n de la despedida de Do\u00f1a Elvira para ella.<\/p>\n<p>Mar\u00eda recibi\u00f3 la llamada telef\u00f3nica de Claudia, la \u201cni\u00f1a\u201d que fue adoptada por Do\u00f1a Elvira, cuando todav\u00eda era una adolescente. Le dijo con una voz pausada, la cual buscaba no decir una palabra inapropiada: \u201cMar\u00eda, se nos fue y creo que ahora fue para siempre. Haz un esfuerzo por venir, ahora s\u00ed no es una enfermedad ni una fantas\u00eda de mam\u00e1 o m\u00eda\u201d. Lo dem\u00e1s se fue perdiendo en el eco del auricular. Esas palabras le incomodaron. Escuchar la palabra mam\u00e1 de parte de Claudia, a quien nunca consider\u00f3 como su hermana, pero que se escuch\u00f3 tan dulce de sus labios, le dio rabia. Adem\u00e1s no dej\u00f3 de molestarse por la fraternidad con la que le habl\u00f3. Pero pasaron algunos segundos y un escalofr\u00edo recorri\u00f3 su cuerpo. La palabra muerte, que no pronunci\u00f3 Claudia, la tom\u00f3 por un momento desprevenida. Ten\u00eda seis meses que no visitaba a su madre. Tem\u00eda escuchar sus quejas o sus alucinaciones que le fueron generando la edad y la p\u00e9rdida de vista. Por las noches, en esos calurosos episodios en Cuautla, Do\u00f1a Elvira, con su bast\u00f3n caminaba hacia el traspatio de la casa de un piso, abr\u00eda la puerta que rechinaba como si la puerta gritar\u00e1 con orgullo su vejez y su descuido. Con la mano se\u00f1alaba hacia la parte posterior del limonero. Volteaba hacia Mar\u00eda, le hac\u00eda un ligero pssst para que viniera hacia ella y cuando se acercaba sigilosamente para ver lo que le se\u00f1alaba le dec\u00eda: Mira Mar\u00eda ah\u00ed est\u00e1, s\u00f3lo est\u00e1 esperando a que esto que parece muerto deje de respirar. M\u00edrala c\u00f3mo se r\u00ede de m\u00ed. Pero tambi\u00e9n pudiera estar ri\u00e9ndose de ti. As\u00ed es ella r\u00ede de lo que pasa, porque ha visto pasar todo lo que existe y cuando las cosas que existen, dejan de hacerlo, la alimentan. Nos ve como suyas. He pensado que quiz\u00e1 venimos de ella y por eso vamos a ella. Pero despu\u00e9s de verla por tanto tiempo he pensado tambi\u00e9n que no se burla, quiz\u00e1 s\u00f3lo se congratula de tenernos cada segundo que pasa m\u00e1s cerca. Ese era el escalofr\u00edo que ahora le invad\u00eda a Mar\u00eda, el pensar que las alucinaciones eran realidad, el pensar que la muerte se puede ver cuando es inevitable o cuando tu aspecto se torna macabro para los ojos de la juventud. Esto le gener\u00f3 dolor, angustia y pesar en la espalda de su ser. Entonces s\u00f3lo pudo tomar nota en una servilleta que ten\u00eda cerca y escribi\u00f3:<\/p>\n<blockquote>\n<p align=\"center\">\u00a0<b><i>Pante\u00f3n Municipal\u2026 12:30, S\u00e1bado<\/i><\/b><\/p>\n<\/blockquote>\n<p>En ese momento, toda su vida hizo un recorrido fugaz por su mente, su cuerpo y su alma, sab\u00eda que a sus sesenta y siete a\u00f1os se enfilaba a un t\u00fanel largo que le tendr\u00eda un final parecido al de su madre. Tal vez un poco menos alargado y menos obscuro al de ella. Llevaba diecisiete a\u00f1os que hab\u00eda enviudado de Joel, el maestro de primaria que conoci\u00f3 en la fiesta de Ver\u00f3nica, su mejor amiga, su compa\u00f1era y confidente de varias etapas de su vida. Joel y Mar\u00eda se juraron amor eterno quince noches despu\u00e9s, como lo hacen los amantes, despu\u00e9s de encontrar la pasi\u00f3n en los brazos del otro, desnudos, despu\u00e9s de haber compartido la humedad de sus cuerpos, porque como todos los amantes saben que esos momentos pod\u00edan durar segundos y jurarse amor eterno era una forma de mantenerlo presente. Invocaron el amor de tal forma que trajeron su fidelidad en todos los aspectos. Hasta se dieron el lujo de jurar no tener hijos que les estorbara la pasi\u00f3n, el deseo y principalmente que no les mermara este momento, que en el Volkswagen de Joel, no pod\u00eda tener ning\u00fan distractor.<\/p>\n<p>Y as\u00ed vivieron casi veinte a\u00f1os, con altibajos, porque la pasi\u00f3n tambi\u00e9n toma porte de odio, de coraje, de melancol\u00eda y de dolor. Porque la pasi\u00f3n es tan grande, tan omnipresente que, como el Universo, por momentos deja de verse y se camina la vida viendo hacia el suelo, pateando piedras en el sendero, mientras se olvida el cosmos que nos cubre.<\/p>\n<p>Este recuerdo de su marido (su gran amor) asociado con la muerte de su madre le hicieron recordar su soledad, le hicieron derramar unas l\u00e1grimas que no pudo contener. Se chorreaban de sus ojos por todas sus mejillas como si fueran de sangre y en verdad pensaba que era sangre, porque quer\u00eda que as\u00ed fuera, quer\u00eda morir en su cama, en su habitaci\u00f3n, porque sentirse tan sola era algo que ya no soportaba. Abri\u00f3 las puertas del armario, con sus dos manos, sinti\u00f3 el olor a humedad de la madera. Apenas lo pudo distinguir y le dio un poco de asco. Y se apen\u00f3, porque de inmediato identific\u00f3 que ese olor lleg\u00f3 un a\u00f1o despu\u00e9s de la partida de Joel. Tom\u00f3 una maleta de piel, que estaba un poco acartonada, s\u00f3lo meti\u00f3 ropa interior y unas blusas. Se dio cuenta que cada vez que estos viajes la sorprend\u00edan y ten\u00eda que salir corriendo de su departamento en la San Rafael, en la Ciudad de M\u00e9xico, sal\u00eda con menos cosas\u2026 \u201cHe pensado, cada vez que salgo, que tengo menos oportunidad de volver y hasta para no volver debemos tener dignidad. Si quedo tendida en la calle no quisiera ver mis calzones, fondos y en general mis intimidades inventariadas en un ministerio p\u00fablico\u201d. As\u00ed tard\u00f3 diez minutos. Entre pensamientos, l\u00e1grimas, recuerdos, ropa interior, el escapulario de San Mart\u00edn de Porres y el libro de <em>Veinte poemas de amor y una canci\u00f3n desesperada<\/em> de Neruda, por cierto este \u00faltimo, regalo clandestino de Javier, el chileno del piso cuatro que la anduvo cortejando por dos a\u00f1os hasta que tuvo que regresar a Santiago dos a\u00f1os antes de la muerte de Joel.<\/p>\n<p>Despu\u00e9s de tener todo listo para salir, volte\u00f3 a cada parte del departamento y pudo identificar el orden que molestaba a su vista. Por haber cuidado cada detalle de manera innecesaria en su casa; los cuadros alineados, las carpetas donde se pon\u00edan los recipientes de cristal cortado, la veladora que cada mes compraba en la misa del d\u00eda primero en la Iglesia de las Merceditas cerca del Metro Salto del Agua y cada rinc\u00f3n que brillaba con un resplandor que la cegaba y le hac\u00eda ver lo tan gris de su sentimiento. Se sent\u00f3 en la esquina de la cama. Las l\u00e1grimas siguieron derram\u00e1ndose como buscando un camino m\u00e1s caudaloso. As\u00ed con ese dolor baj\u00f3 la escalera del departamento, abri\u00f3 la puerta, tom\u00f3 el Metrob\u00fas, subi\u00f3 y baj\u00f3 por las calles, pasillos y andenes, esper\u00f3 ahora el Metro, lleg\u00f3 a la central de camiones en San L\u00e1zaro, compr\u00f3 el boleto hacia Cuautla. Esper\u00f3 una hora en la estaci\u00f3n. Sollozaba, le\u00eda, recordaba y sufr\u00eda. Pero por momentos, re\u00eda y volv\u00eda a sufrir y quer\u00eda morir, pero se daba cuenta que estaba viva. Por instantes se introduc\u00eda en la pl\u00e1tica de una pareja joven o en una pl\u00e1tica de dos ni\u00f1os de diez a\u00f1os que hablaban de los juegos en su armatoste electr\u00f3nico. En ese instante, con la mirada p\u00e9rdida en la gente, que intentaba vivir, sinti\u00f3 una opresi\u00f3n en su pecho. Sinti\u00f3 lo que era tragarse el dolor o tal vez sinti\u00f3 lo que era que el dolor la devorara.<\/p>\n<p>Fue llamado su autob\u00fas, subi\u00f3 en \u00e9l. Justo en el momento de tomarse de uno de los tubos de la escalera lo asi\u00f3 con fuerza, sinti\u00f3 un leve mareo, not\u00f3 como mojaba con su sudor la agarradera. Pudo dar dos pasos m\u00e1s para ponerse en el pasillo. Encontr\u00f3 su lugar y se sent\u00f3, con nostalgia. Como si hubieran pasado a\u00f1os de no haber realizado esta rutina, cuando s\u00f3lo hab\u00edan pasado algunos meses. Ah\u00ed empez\u00f3 su cabeza a dar vueltas. Otra vez en los recuerdos, otra vez en las ideas y en los ideales. A su cabeza se le uni\u00f3 el coraz\u00f3n y ahora empezaron los sentimientos, los dolores, las l\u00e1grimas y a estos dos se uni\u00f3 su vida entera, ahora marchita por encontrarse lejos de algo de donde tomarse. Porque un marido puede ser un buen pretexto para no caer\u2026 o una madre, o un buen recuerdo. Pero ahora no contaba con ninguno de estos tres. Y durmi\u00f3 como quisiera descansar de vivir.<\/p>\n<p>Pasaron algunas horas para llegar a Cuautla. El despachador de la estaci\u00f3n de autobuses la tom\u00f3 del hombro, con un poco de compasi\u00f3n y la acompa\u00f1\u00f3 a la salida del veh\u00edculo. Donde la vio perderse a lo lejos. \u201cJusto esto me faltaba, la incomodidad del dolor y ahora la de este m\u00e9ndigo calor\u2026\u201d coment\u00f3 Mar\u00eda en un murmullo. As\u00ed pas\u00f3 su d\u00eda. Inc\u00f3moda. Tom\u00f3 un taxi y lleg\u00f3 al hotel, cerca del pante\u00f3n municipal.\u00a0 Desdobl\u00f3 lo poco que ten\u00eda de ropa y lo volvi\u00f3 a guardar. Ahora las l\u00e1grimas se le confund\u00edan con el dolor.<\/p>\n<p>Pas\u00f3 Claudia a las 11:30 a su hotel, puntual como siempre lo hab\u00eda sido. Tambi\u00e9n esto le incomod\u00f3. Caminaron en silencio al pante\u00f3n, Claudia con su \u00edndice derecho se\u00f1al\u00f3 la entrada. Cruzaron la calle y caminaron los pasillos del lugar hasta llegar al nuevo hogar de Do\u00f1a Elvira. Volte\u00f3 a cada punto cardinal y ya estaban todos. El sacerdote, Claudia, Do\u00f1a Alvarita, amiga de su mam\u00e1 en Cuautla, ella y una se\u00f1ora que rezaba dos tumbas m\u00e1s all\u00e1 con un Rosario en la mano. El calor a toda su potencia. Sobre la cabeza de todos. El sacerdote invoc\u00f3 un pasaje b\u00edblico, habl\u00f3 de la bondad de Do\u00f1a Elvira, como si hablara de algo abstracto. Tom\u00f3 el agua bendita y la roc\u00edo sobre la tumba. El personal del pante\u00f3n hizo su trabajo. Mar\u00eda dibuj\u00f3 una sonrisa burlona. Record\u00f3 cuando tres a\u00f1os antes su mam\u00e1 le hab\u00eda dicho \u201cno permitas que desconocidos lleguen a mi funeral por favor. T\u00f3malo como una orden\u2026\u201d Ahora la orden estaba cumplida. Sus pies al principio y todo su cuerpo despu\u00e9s, se empezaban a humedecer, sinti\u00f3 como se evaporaba el sudor, pero tambi\u00e9n algunos sue\u00f1os y recuerdos. Mientras escuchaba muy a lo lejos, como en eco,\u00a0 la tierra sobre la l\u00e1pida. Entonces el llanto de Claudia le pareci\u00f3 que penetraban sus o\u00eddos, sus l\u00e1grimas empezaron a rodar, con un poco menos de dolor. Mientras los rezos de Do\u00f1a Alvarita se volv\u00edan apocal\u00edpticos, por su contenido y por la fuerza con que los emit\u00eda. En ese instante coincidi\u00f3 en su mirada, al husmear el ambiente, con la se\u00f1ora que rezaba algunas l\u00e1pidas aleda\u00f1as. Ella no rezaba, invocaba y pudo ver una sonrisa en sus labios. En ese momento Claudia puso la \u00faltima flor en la tumba y tambi\u00e9n su \u00faltima l\u00e1grima. Una leve brisa refresc\u00f3 el ambiente y Mar\u00eda por primera vez ese d\u00eda sinti\u00f3 un aire helado.<\/p>\n<p><a href=\"mailto: edgargomez_cide@yahoo.com.mx\" target=\"_blank\"><em>edgargomez_cide@yahoo.com.mx<\/em><\/a><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p><span style=\"color: #005497;\"><strong>Edgar G\u00f3mez<\/strong><\/span><br \/>\n<br \/>\nEra medio d\u00eda. El sol se posicionaba en el cenit con un calor cercano a los treinta grados. Eran una tarde m\u00e1s de julio en Cuautla, la segunda ciudad m\u00e1s importante en el Estado de Morelos, eso mencionaba el portal del gobierno municipal. <\/p>\n","protected":false},"author":3,"featured_media":169353,"comment_status":"open","ping_status":"open","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"_monsterinsights_skip_tracking":false,"_monsterinsights_sitenote_active":false,"_monsterinsights_sitenote_note":"","_monsterinsights_sitenote_category":0,"footnotes":""},"categories":[156,3819],"tags":[31551,43685,43696,43674],"class_list":["post-169315","post","type-post","status-publish","format-standard","has-post-thumbnail","hentry","category-cultura","category-edgar-gomez-flores","tag-cuentame-algo-para-no-morir","tag-cultura","tag-edgar-gomez","tag-opinion"],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/www.diarioimagen.net\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/posts\/169315","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/www.diarioimagen.net\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/www.diarioimagen.net\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.diarioimagen.net\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/users\/3"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.diarioimagen.net\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Fcomments&post=169315"}],"version-history":[{"count":0,"href":"https:\/\/www.diarioimagen.net\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/posts\/169315\/revisions"}],"wp:featuredmedia":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.diarioimagen.net\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/media\/169353"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/www.diarioimagen.net\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Fmedia&parent=169315"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.diarioimagen.net\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Fcategories&post=169315"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.diarioimagen.net\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Ftags&post=169315"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}