{"id":177878,"date":"2014-06-13T00:00:10","date_gmt":"2014-06-13T05:00:10","guid":{"rendered":"http:\/\/www.diarioimagen.net\/?p=177878"},"modified":"2014-06-13T04:34:20","modified_gmt":"2014-06-13T09:34:20","slug":"la-carta","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.diarioimagen.net\/?p=177878","title":{"rendered":"La carta"},"content":{"rendered":"<h2>Cu\u00e9ntame algo para no morir<\/h2>\n<h5>Edgar G\u00f3mez<\/h5>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<ul>\n<li><em><strong>Amaranta tom\u00f3 al m\u00e1s peque\u00f1o que convulsionaba y todav\u00eda pudo balbucear: \u201cVente conmigo, no me dejes, este lugar est\u00e1 muy oscuro mam\u00e1\u2026\u201d<\/strong> <\/em><\/li>\n<\/ul>\n<div id=\"attachment_177946\" style=\"width: 470px\" class=\"wp-caption alignleft\"><a href=\"http:\/\/www.diarioimagen.net\/wp-content\/uploads\/2014\/06\/death-letter-A-2377.jpg\"><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" aria-describedby=\"caption-attachment-177946\" class=\"wp-image-177946\" src=\"http:\/\/www.diarioimagen.net\/wp-content\/uploads\/2014\/06\/death-letter-A-2377-416x420.jpg\" alt=\"w\" width=\"460\" height=\"464\" srcset=\"https:\/\/www.diarioimagen.net\/wp-content\/uploads\/2014\/06\/death-letter-A-2377-416x420.jpg 416w, https:\/\/www.diarioimagen.net\/wp-content\/uploads\/2014\/06\/death-letter-A-2377-150x150.jpg 150w, https:\/\/www.diarioimagen.net\/wp-content\/uploads\/2014\/06\/death-letter-A-2377-238x240.jpg 238w, https:\/\/www.diarioimagen.net\/wp-content\/uploads\/2014\/06\/death-letter-A-2377-50x50.jpg 50w, https:\/\/www.diarioimagen.net\/wp-content\/uploads\/2014\/06\/death-letter-A-2377-75x75.jpg 75w, https:\/\/www.diarioimagen.net\/wp-content\/uploads\/2014\/06\/death-letter-A-2377-70x70.jpg 70w, https:\/\/www.diarioimagen.net\/wp-content\/uploads\/2014\/06\/death-letter-A-2377.jpg 1500w\" sizes=\"auto, (max-width: 460px) 100vw, 460px\" \/><\/a><p id=\"caption-attachment-177946\" class=\"wp-caption-text\"><span style=\"color: #ffffff;\">w<\/span><\/p><\/div>\n<p>Regresaba de su trabajo a las cuatro de la tarde. Hab\u00eda comprado algo para comer en el trayecto de la oficina a su casa. Ella viv\u00eda en una vecindad cercana al barrio de la Lagunilla en la Ciudad de M\u00e9xico, justo donde termina la parte hist\u00f3rica y tur\u00edstica de la Ciudad para hacer contacto con la realidad de esta urbe. As\u00ed con esa realidad, o lo que ella hab\u00eda cre\u00eddo lo era, Amaranta Jim\u00e9nez se enfrentaba desde hace quince d\u00edas con un presente y un futuro incierto que la hab\u00edan obligado a ver los d\u00edas y tardes rojizos y las noches oscuras con destellos de las luces de veh\u00edculos y del alumbrado p\u00fablico que le hac\u00edan respirar su depresi\u00f3n como si fuera aire caliente que quemara sus fosas nasales.<\/p>\n<p>Hab\u00edan pasado seis a\u00f1os, desde que vio salir a Mart\u00edn Guti\u00e9rrez, su esposo, por la puerta de su casa. Con la ropa y el cuerpo aseado, pero con una peque\u00f1a mueca en la cara que daban el adi\u00f3s y parec\u00eda, en verdad, que era una despedida. Sin embargo, no lo tom\u00f3 as\u00ed. Siempre pens\u00f3 que las despedidas deb\u00edan ser solemnes: Un adi\u00f3s, un beso en la mejilla, un \u201cnunca me olvides\u201d o una pinche rabieta azotando las puertas y pateando todo cuanto hubiera a su lado. O quiz\u00e1s hubiera soportado un jal\u00f3n de cabellos y una respiraci\u00f3n agitada en su o\u00eddo diciendo \u201cpinche perra, me tienes jodido\u201d. Pero no, s\u00f3lo suspir\u00f3, con la sonrisa entre cortada en sus labios y con una peque\u00f1a bolsa de pl\u00e1stico negra parti\u00f3 y se perdi\u00f3 en una bruma del amanecer en aquel domingo de noviembre.<\/p>\n<p>As\u00ed pasaron los d\u00edas y los minutos y en verdad pudieron ser cada uno de los segundos que acompasaban su respiraci\u00f3n y que daban cadencia a su andar. Los cuales ten\u00edan algo en com\u00fan: la actitud de esperar. Y Amaranta lo esperaba a \u00e9l, esperaba su recuerdo. Esperaba verlo entrar con la cara desencajada, por la misma puerta que lo vio salir, pidiendo perd\u00f3n por la peque\u00f1a sonrisa que no pudo ocultar en su salida. Suplicando su perd\u00f3n por abandonarla. O tambi\u00e9n lo imagin\u00f3 millonario llegando con toda la opulencia dici\u00e9ndole: \u201cAhora s\u00ed Amaranta, vali\u00f3 la pena que me esperaras, estuve trabajando y ahorrando para darte la vida que te mereces\u201d.<\/p>\n<p>Con estos recuerdos y esta esperanza reh\u00edzo su vida. Y, junto a ese recuerdo, y esa esperanza sus dos hijos, Efra\u00edn y Roberto, de doce y ocho a\u00f1os, le preguntaban a d\u00f3nde hab\u00eda ido su padre y Amaranta sin ning\u00fan titubeo dec\u00eda: \u201cse adelant\u00f3 al lugar donde arribaremos nosotros, s\u00f3lo quiere estar seguro que cuando lleguemos todo est\u00e9 listo. Es como si nos esperara a comer. Cuando la comida est\u00e9 lista seguro nos mandar\u00e1 a llamar\u201d. Este argumento lo utiliz\u00f3 con sus hijos, con sus compa\u00f1eros de trabajo, en la oficina del Gobierno del Distrito Federal, justo frente a la Catedral de la Ciudad de M\u00e9xico y en un inicio tambi\u00e9n usaba el argumento con Don Gregorio, su padre, quien enviud\u00f3 tres a\u00f1os antes. Pero quien \u00faltimamente la ve\u00eda con desconfianza, como si su hija se fuera desvaneciendo en sus recuerdos y en la delicada locura donde se envolv\u00eda ella misma.<\/p>\n<p>Pero, quince d\u00edas antes recibi\u00f3 una carta, \u201cmecanografiada en una m\u00e1quina Olivetti\u201d pens\u00f3 ella. Ven\u00eda en un sobre amarillo, tama\u00f1o carta, cerrado con el list\u00f3n rojo que rodea la rondana de papel. La encontr\u00f3 en el buz\u00f3n de la entrada, justo donde est\u00e1n los medidores de la luz. Estaba h\u00famedo el documento, parece que llevaba m\u00e1s de dos d\u00edas a la intemperie y as\u00ed empez\u00f3 a leer:<\/p>\n<p>\u201cEstimada Amaranta\u2026 Me fui y camin\u00e9 por las calles de la Ciudad, no s\u00e9 si descans\u00e9 en alg\u00fan momento, pero no mentir\u00eda si te digo que deambul\u00e9 por cuatro noches y cuatro d\u00edas. Dorm\u00ed en algunos parques y tambi\u00e9n en algunos carros abandonados de la Ciudad. Quer\u00eda encontrarme a m\u00ed en esta vida donde es tan f\u00e1cil verse al espejo pero reconocerse tan poco.<\/p>\n<p>Por momentos quise arrancarme la vida, pero la cobard\u00eda de no saber qu\u00e9 hacer con mi muerte, me hizo recular. Siempre te tuve en mi mente. Nunca supe si ese recuerdo fue por amor o por necesidad. Como sabes nunca cre\u00ed en Dios, entonces recordarte era lo m\u00e1s real que ten\u00eda.<\/p>\n<p>As\u00ed pasaron seis a\u00f1os. Podr\u00eda contarte qu\u00e9 tanto he hecho, pero ser\u00eda dif\u00edcil llenar m\u00e1s de una p\u00e1gina con lo vivido. Mejor te platico lo que he pensado y sentido, que tambi\u00e9n es parte de lo que he vivido. He pensado en el dolor del abandono y por eso no regres\u00e9; porque el dolor en ti debe ser m\u00e1s grande cada d\u00eda y yo cada d\u00eda m\u00e1s culpable. Adem\u00e1s he sentido que el dolor, seis a\u00f1os despu\u00e9s, te ha petrificado y por lo tanto mi presencia ser\u00eda vana junto a ustedes. Porque esa debilidad oculta entre el velo del enojo y la indiferencia me sigue persiguiendo.<\/p>\n<p>Ahora tengo una pareja, una mujer que encontr\u00e9 en el camino como aquellas monedas que se levantan y guardan como un s\u00edmbolo de suerte pasajera. Nada de romance, nada de amor. S\u00f3lo compa\u00f1\u00eda que me permite no sentirme s\u00f3lo y que hasta me dio el valor de escribirte esta carta.<\/p>\n<p>Espero reconfortar ese espacio que seguro mantienes como yo lo manten\u00eda hasta escribir estas l\u00edneas. A los ni\u00f1os diles que su padre ha muerto, por favor no les digas que los quise o los extra\u00f1\u00e9, haberles negado el amor y ahora mentirles ser\u00eda una innecesaria crueldad\u2026 Mart\u00edn.<\/p>\n<p>Esta carta la ley\u00f3 una y otra vez. Cada palabra y cada frase, que repet\u00eda en cada lectura, empezaba a tomar su significado. Fue armando el rompecabezas en su cabeza y en su coraz\u00f3n y termin\u00f3 armando el de su vida. Al fin se dio cuenta del abandono. Se pas\u00f3 estas dos semanas leyendo, tratando de entender \u201cel significado entre l\u00edneas\u201d de la carta, como lo dec\u00eda Juan Carlos, el abogado de la oficina que descifraba los encabezados de los peri\u00f3dicos para el Jefe de Gobierno del Distrito Federal. Supo lo que era estar sola sin darse cuenta que la soledad la hab\u00eda conquistado mucho tiempo atr\u00e1s. Pero al fin estaba acorralada, ya no ten\u00eda ning\u00fan elemento de esperanza, ya no estaba ese Mart\u00edn trabajador, o tierno, luchando por un futuro mejor para su familia, al contrario frente a ella estaba el Mart\u00edn melanc\u00f3lico, deprimido y por qu\u00e9 no\u2026 muy c\u00ednico.<\/p>\n<p>Ese d\u00eda, ya por la tarde, quince d\u00edas despu\u00e9s del primer encuentro con su realidad, hizo lo que necesitaba hacer. Y lo necesitaba porque era su destino, como siempre lo imagino\u2026 muy gris, como si algo la hubiera puesto en trance, como si el ruido externo la abrumara y s\u00f3lo escuchara el latir del coraz\u00f3n retumbar sus o\u00eddos con un dolor de cabeza que la iba matando. Pas\u00f3 todo con lentitud, en un ambiente brumoso, como si una cortina de humo hubiera querido cubrir lo desgraciada que hab\u00eda sido. Pero nuevamente, fue recuperando su respiraci\u00f3n y el latir de su coraz\u00f3n se fue pausando y as\u00ed empez\u00f3 el ruido externo a tomarla. El humo que hab\u00eda generado su adrenalina, su melancol\u00eda y su estupidez se empez\u00f3 a dispersar, entonces se pudo identificar en una esquina y con un goteo que parec\u00eda ensordecedor vio como se escurr\u00eda la sangre de sus manos, una sangre muy roja y poco espesa. Entonces, dej\u00f3 caer el cuchillo que ten\u00eda en la mano derecha y el sonido del metal con el suelo hizo que todo aquel ambiente, en un segundo, se volviera realidad. El ruido la puso en alerta y gir\u00f3 su cabeza hac\u00eda su espalda. Estaban ah\u00ed, Efra\u00edn y Roberto, sus hijos, tirados en el suelo con su sangre confundida, como si viniera del mismo cuerpo. Amaranta tom\u00f3 al m\u00e1s peque\u00f1o que convulsionaba y todav\u00eda pudo balbucear: \u201cVente conmigo, no me dejes, este lugar est\u00e1 muy oscuro mam\u00e1\u2026\u201d En ese momento, regres\u00f3 a la esquina, tom\u00f3 la carta que la hab\u00eda acompa\u00f1ado por quince d\u00edas, empu\u00f1\u00f3 el cuchillo y se dej\u00f3 car sobre \u00e9ste, justo en la boca del abdomen, entre sus dos hijos. Sinti\u00f3 el placer de la penitencia al entregar su vida. Despu\u00e9s le sigui\u00f3 el dolor y despu\u00e9s la oscuridad que fue apagando todo, hasta la tristeza del abandono que la hab\u00eda acompa\u00f1ado durante seis a\u00f1os. Ahora la sangre de los tres era una. Las vecinas de Amaranta enteraron a Don Gregorio, el cual lleg\u00f3 de inmediato. Pudo entrar antes que la polic\u00eda acordonara el lugar\u2026 se hinc\u00f3 a los pies de sus descendientes, tom\u00f3 la mano izquierda de Amaranta y desdobl\u00f3 la carta que as\u00eda en su mano. Rodaron sus l\u00e1grimas\u2026 haber escrito la carta a nombre de Mart\u00edn quiz\u00e1s fue un error, o quiz\u00e1s fue adelantar el remedio contra el dolor\u2026<\/p>\n<p><a href=\"mailto:edgargomez_cide@yahoo.com.mx\"><em>edgargomez_cide@yahoo.com.mx<\/em><\/a><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p><span style=\"color: #005497;\"><strong>Edgar G\u00f3mez<\/strong><\/span><br \/>\n<br \/>\nRegresaba de su trabajo a las cuatro de la tarde. Hab\u00eda comprado algo para comer en el trayecto de la oficina a su casa. Ella viv\u00eda en una vecindad cercana al barrio de la Lagunilla en la Ciudad de M\u00e9xico, justo donde termina la parte hist\u00f3rica y tur\u00edstica de la Ciudad para hacer contacto con la realidad de esta urbe. <\/p>\n","protected":false},"author":3,"featured_media":177946,"comment_status":"open","ping_status":"open","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"_monsterinsights_skip_tracking":false,"_monsterinsights_sitenote_active":false,"_monsterinsights_sitenote_note":"","_monsterinsights_sitenote_category":0,"footnotes":""},"categories":[156,3819],"tags":[204,31551,43696,43674],"class_list":["post-177878","post","type-post","status-publish","format-standard","has-post-thumbnail","hentry","category-cultura","category-edgar-gomez-flores","tag-ciudad-de-mexico","tag-cuentame-algo-para-no-morir","tag-edgar-gomez","tag-opinion"],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/www.diarioimagen.net\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/posts\/177878","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/www.diarioimagen.net\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/www.diarioimagen.net\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.diarioimagen.net\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/users\/3"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.diarioimagen.net\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Fcomments&post=177878"}],"version-history":[{"count":0,"href":"https:\/\/www.diarioimagen.net\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/posts\/177878\/revisions"}],"wp:featuredmedia":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.diarioimagen.net\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/media\/177946"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/www.diarioimagen.net\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Fmedia&parent=177878"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.diarioimagen.net\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Fcategories&post=177878"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.diarioimagen.net\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Ftags&post=177878"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}