{"id":181595,"date":"2014-07-11T00:00:24","date_gmt":"2014-07-11T05:00:24","guid":{"rendered":"http:\/\/www.diarioimagen.net\/?p=181595"},"modified":"2014-07-11T03:39:55","modified_gmt":"2014-07-11T08:39:55","slug":"el-libro-que-tenia-corazon-%e2%80%a2-iii","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.diarioimagen.net\/?p=181595","title":{"rendered":"El libro que ten\u00eda coraz\u00f3n \u2022 (III)"},"content":{"rendered":"<h2>Cu\u00e9ntame algo para no morir<\/h2>\n<h5>Edgar G\u00f3mez<\/h5>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<ul>\n<li><strong><em>Abraz\u00f3 el libro como un reci\u00e9n nacido. Se sinti\u00f3 segura de poder atar su vida a una ilusi\u00f3n, esas ilusiones que se desvanecen con la rutina del trabajo, con las deudas, con las pl\u00e1ticas triviales de caf\u00e9 y principalmente con los sentimientos empaquetados que compramos d\u00eda a d\u00eda en el mercado de la vida<\/em><\/strong><\/li>\n<\/ul>\n<p><strong>\u00a0<\/strong><\/p>\n<p style=\"text-align: center;\"><a href=\"http:\/\/www.diarioimagen.net\/wp-content\/uploads\/2014\/07\/ghost-book-2397.jpg\" target=\"_blank\"><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" class=\"aligncenter size-large wp-image-181661\" src=\"http:\/\/www.diarioimagen.net\/wp-content\/uploads\/2014\/07\/ghost-book-2397-420x280.jpg\" alt=\"ghost-book-2397\" width=\"420\" height=\"280\" srcset=\"https:\/\/www.diarioimagen.net\/wp-content\/uploads\/2014\/07\/ghost-book-2397-420x280.jpg 420w, https:\/\/www.diarioimagen.net\/wp-content\/uploads\/2014\/07\/ghost-book-2397-240x160.jpg 240w, https:\/\/www.diarioimagen.net\/wp-content\/uploads\/2014\/07\/ghost-book-2397.jpg 700w\" sizes=\"auto, (max-width: 420px) 100vw, 420px\" \/><\/a><\/p>\n<p style=\"text-align: center;\"><strong>Parte 3 de 3<\/strong><\/p>\n<p>Un crujido despert\u00f3 abruptamente a Mar\u00eda, no sab\u00eda qu\u00e9 hab\u00eda pasado. Observ\u00f3 la ventana que se encontraba empa\u00f1ada; desde lejos identific\u00f3 que el cristal se hab\u00eda estrellado. Camin\u00f3 desde la cama hasta la ventana con un paso lerdo. Antes, par\u00f3 enfrente del ropero que se encontraba justo junto a la puerta del ba\u00f1o de su rec\u00e1mara; contempl\u00f3 y tom\u00f3 entre sus manos el term\u00f3metro que le hab\u00eda regalado su abuelo cuando ten\u00eda 10 a\u00f1os. Ahora marcaba un grado bajo cero. Se quiso concentrar en el recuerdo de aquel momento cuando el abuelo le extendi\u00f3 la mano y le entreg\u00f3 el term\u00f3metro de pared, que con la ayuda del mercurio, le ayudaba a calcular la temperatura ambiente de los \u00faltimos 23 a\u00f1os.<\/p>\n<p>Sin embargo, por el peque\u00f1o agujero que se gener\u00f3 en el cristal, se sinti\u00f3 una brisa helada que la distrajo&#8230; puso su mano en la ventana y haciendo breves c\u00edrculos en la misma empez\u00f3 a desempa\u00f1arla.<\/p>\n<p>A trav\u00e9s del cristal pudo ver la copa, de algunos de sus trofeos del jard\u00edn, plet\u00f3ricos de hielo. El cual con la luz del amanecer generaba algunos contrastes de colores que le permitieron una sonrisa taciturna. Reflejaba cierta especie de alegr\u00eda, acompa\u00f1ada de nostalgia, preocupaci\u00f3n y un amor que se encarnaba en su recuerdo.<\/p>\n<p>Fue hasta este momento que Mar\u00eda record\u00f3 aquel libro que ahora le generaba nuevamente sudor en sus manos y una leve taquicardia que ten\u00eda que ver con el desconcierto, con el desprecio de esta vida que hace vivir la irrealidad, que hace compartir lo que no es nuestro y que hace expresar sentimientos ajenos a la pasi\u00f3n del alma. Nuevamente dud\u00f3, camino hacia el ba\u00f1o, dej\u00f3 caer un poco de agua en su cara, se mir\u00f3 al espejo y retom\u00f3 la seguridad que hab\u00eda, en los \u00faltimos d\u00edas, dejando una marca de dureza en su ce\u00f1o.<\/p>\n<p>Despu\u00e9s baj\u00f3 las escaleras de su casa y se acerc\u00f3 al viejo librero, acerc\u00f3 una silla del comedor, se subi\u00f3 en ella y tom\u00f3 el libro. Como en otras ocasiones, abri\u00f3 el libro, se sent\u00f3 en el sof\u00e1 y continu\u00f3 su lectura.<\/p>\n<p>Era nuevamente un contacto con \u00e9l, con el personaje que la hab\u00eda distra\u00eddo de su rutina, con el hombre que le hizo pensar en lo que estaba prohibido para mujer alguna. Humedecieron sus ojos, porque otra vez la sangre corr\u00eda por sus venas, el calor invad\u00eda su cuerpo; s\u00f3lo que ahora tuvo una sensaci\u00f3n diferente&#8230; un leve mareo la mantuvo aletargada, parec\u00eda que cada palabra que le\u00eda ten\u00eda una explicaci\u00f3n propia, ten\u00eda su propia historia. Puso el libro en su vientre y se desvaneci\u00f3.<\/p>\n<p>Se pudo escuchar en toda esa habitaci\u00f3n un sollozo que reflejaba los sentimientos desesperados por retomar la vida en sus manos. Pero, fue tal el dolor de cabeza que le gener\u00f3 el momento, que decidi\u00f3 sentarse en la antigua silla de su abuela. Adelante y atr\u00e1s, se empez\u00f3 a mecer sin hacerlo de manera consciente, era su instinto que buscaba dormirla y separarla de su ser, llevarla al mundo donde las almas comparten su inocencia, su bondad y su verdad.<\/p>\n<p>Abraz\u00f3 el libro como un reci\u00e9n nacido. Se sinti\u00f3 segura de poder atar su vida a una ilusi\u00f3n, esas ilusiones que se desvanecen con la rutina del trabajo, con las deudas, con las pl\u00e1ticas triviales de caf\u00e9 y principalmente con los sentimientos empaquetados que compramos d\u00eda a d\u00eda en el mercado de la vida. Todos los sentimientos llegaron a su mente, a su cuerpo, a su alma, eran el amor a su abuelo que hab\u00eda sido como su padre, el odio por su vida que ahora identificaba insoportablemente perfecta, el placer que hab\u00eda desarrollado al contemplar los paisajes naturales de la casa de su madre. Todos los sentimientos juntos, toda la vida en sus manos&#8230; Moder\u00f3 el di\u00e1logo del para\u00edso con el infierno.<\/p>\n<p>As\u00ed pasaron los d\u00edas de Mar\u00eda. Segu\u00eda sentada en aquella silla; d\u00eda y noche&#8230; Adelante y atr\u00e1s. Su esposo quiso despertarla, pero en su cara hab\u00eda una leve sonrisa angelical que era dif\u00edcil decidir eliminar el discreto \u00e9xtasis que ella viv\u00eda. Sin embargo, \u00e9l, su madre que la contempl\u00f3 dos d\u00edas enteros y algunas personas que la visitaron no ten\u00edan certeza si hab\u00eda muerto o estaba viva, nadie quer\u00eda saber la verdad. Por momentos me pareci\u00f3 repetir la historia de Amaranta. La \u00fanica esperanza que se albergaba en la gente que la amaba era el vaiv\u00e9n de la silla, algunos cre\u00edan que era por el impulso de ella, otros cre\u00edan que era un efecto f\u00edsico generado por un peque\u00f1o desnivel del piso en donde se posaba la silla.<\/p>\n<p>As\u00ed pasaron exactamente siete d\u00edas y, en el s\u00e9ptimo d\u00eda, a la media noche, mientras su esposo dorm\u00eda en su habitaci\u00f3n, Mar\u00eda se levant\u00f3 de su silla, reconoci\u00f3 la tranquilidad del descanso eterno; nunca tuvo certeza de si hab\u00eda despertado o hab\u00eda resucitado. Para ella fue el descanso del alma, la cual se enriquece de la paz, den encuentro con uno mismo. Abraz\u00f3 con ah\u00ednco el libro, camin\u00f3 con s\u00f3lo tres pasos hacia la chimenea, se hinc\u00f3 al pie de la fogata. Abri\u00f3 el libro en la p\u00e1gina 5, lo volte\u00f3, admir\u00f3 su pasta color caf\u00e9 y lo dej\u00f3 caer. Sinti\u00f3 que hab\u00eda dejado una peque\u00f1a parte de su vida; pero al momento de ver c\u00f3mo se consum\u00eda el papel en las brasas, sinti\u00f3 que ahora recuperaba la otra parte de su vida perdida.<\/p>\n<p>Mar\u00eda se levant\u00f3 y se alej\u00f3 del fuego, se abraz\u00f3 con sus propias manos y sinti\u00f3 fr\u00edo. Toc\u00f3 levemente su abdomen; parec\u00eda un poco inflamado&#8230; no le puso atenci\u00f3n.<\/p>\n<p>Mar\u00eda nuevamente durmi\u00f3, ahora en su cama, s\u00f3lo ocho horas. Al d\u00eda siguiente camin\u00f3 por las calles de la ciudad con una hermosura envidiable. El encuentro con ella misma, el descubrimiento del amor, la sensaci\u00f3n extasiada de estar viva y principalmente el contacto con la inmortalidad la hicieron lucir como un \u00edcono del paisaje. Por cada calle que pasaba, su cadencia era un poema perfecto. Todos la admiraron, yo la admir\u00e9 y eso que no la conoc\u00ed, s\u00f3lo me toc\u00f3 contar su historia, la historia de Mar\u00eda.<\/p>\n<p><a href=\"mailto:edgargomez_cide@yahoo.com.mx\"><em>edgargomez_cide@yahoo.com.mx<\/em><\/a><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p><span style=\"color: #005497;\"><strong>Edgar G\u00f3mez<\/strong><\/span><br \/>\n<br \/>\nUn crujido despert\u00f3 abruptamente a Mar\u00eda, no sab\u00eda qu\u00e9 hab\u00eda pasado. Observ\u00f3 la ventana que se encontraba empa\u00f1ada; desde lejos identific\u00f3 que el cristal se hab\u00eda estrellado. Camin\u00f3 desde la cama hasta la ventana con un paso lerdo. Antes, par\u00f3 enfrente del ropero que se encontraba justo junto a la puerta del ba\u00f1o de su rec\u00e1mara; contempl\u00f3 y tom\u00f3 entre sus manos el term\u00f3metro que le hab\u00eda regalado su abuelo cuando ten\u00eda 10 a\u00f1os. <\/p>\n","protected":false},"author":3,"featured_media":181661,"comment_status":"open","ping_status":"open","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"_monsterinsights_skip_tracking":false,"_monsterinsights_sitenote_active":false,"_monsterinsights_sitenote_note":"","_monsterinsights_sitenote_category":0,"footnotes":""},"categories":[156,3819],"tags":[31551,43685,43696,43674],"class_list":["post-181595","post","type-post","status-publish","format-standard","has-post-thumbnail","hentry","category-cultura","category-edgar-gomez-flores","tag-cuentame-algo-para-no-morir","tag-cultura","tag-edgar-gomez","tag-opinion"],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/www.diarioimagen.net\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/posts\/181595","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/www.diarioimagen.net\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/www.diarioimagen.net\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.diarioimagen.net\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/users\/3"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.diarioimagen.net\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Fcomments&post=181595"}],"version-history":[{"count":0,"href":"https:\/\/www.diarioimagen.net\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/posts\/181595\/revisions"}],"wp:featuredmedia":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.diarioimagen.net\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/media\/181661"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/www.diarioimagen.net\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Fmedia&parent=181595"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.diarioimagen.net\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Fcategories&post=181595"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.diarioimagen.net\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Ftags&post=181595"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}