Dismorfia corporal: Trastorno silencioso que afecta a miles de jóvenes mexicanos
* Especiales lunes 20, Oct 2025- Afecta entre el 1.7% y el 2.9% de la población general
- Una mirada psicológica a la distorsión de la imagen corporal en la era digital

Por Arturo Arellano
La dismorfia corporal, también conocida como trastorno dismórfico corporal (TDC), es una condición psiquiátrica seria y debilitante que se caracteriza por una preocupación excesiva y persistente con uno o más defectos percibidos en la apariencia física que, en realidad, no son observables o resultan mínimos para los demás. Según el Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales en su quinta edición (DSM-5), este trastorno se clasifica actualmente dentro del espectro de los trastornos obsesivo-compulsivos, reflejando su naturaleza intrusiva y repetitiva.
La persona que padece TDC experimenta pensamientos obsesivos sobre su apariencia que pueden consumir de tres a ocho horas diarias, tiempo durante el cual resulta prácticamente imposible concentrarse en otras actividades. Esta preocupación constante provoca un malestar clínicamente significativo y deteriora gravemente el funcionamiento social, laboral y académico del individuo.
Lo que distingue al TDC de las preocupaciones normales sobre la apariencia es su intensidad y el grado de sufrimiento que genera. Mientras que muchas personas pueden sentirse insatisfechas con algún aspecto de su físico, quienes padecen dismorfia corporal están completamente convencidos de que poseen defectos graves que los hacen feos o deformes, a pesar de que estas «imperfecciones» sean imperceptibles o insignificantes para los demás.
El panorama en México
El panorama en México es particularmente preocupante. Un estudio realizado en la Universidad Autónoma de Aguascalientes encontró que el 56% de los estudiantes de medicina presentaban criterios diagnósticos positivos para TDC, una prevalencia extraordinariamente alta en comparación con la población general. De estos casos, el 55% correspondió a mujeres y el 42% a hombres, con mayor incidencia en el rango de edad de 21 a 25 años.
Según investigaciones recientes publicadas en revistas científicas mexicanas, el TDC afecta entre el 1.7% y el 2.4% de la población general, con un ligero predominio en el sexo femenino, representando el 60% de los casos. El trastorno suele comenzar en la adolescencia, generalmente alrededor de los 16 años de edad, un período especialmente vulnerable donde los jóvenes están definiendo su identidad y autoestima.
La prevalencia estimada del TDC en la población general mexicana oscila entre 1.7% y 2.9%, pero estas cifras podrían ser mucho más altas debido al subdiagnóstico. Muchos pacientes se sienten demasiado avergonzados para revelar sus síntomas, por lo que el trastorno puede pasar desapercibido durante años antes de recibir un diagnóstico adecuado.
Datos más recientes indican que el 25% de los adolescentes mexicanos presentan alguna manifestación de trastornos relacionados con la imagen corporal, incluyendo el TDC y los trastornos de la conducta alimentaria.
Manifestaciones clínicas
El TDC presenta una serie de síntomas característicos que permiten su identificación clínica. Según los criterios diagnósticos del DSM-5, para diagnosticar el trastorno deben cumplirse los siguientes criterios:
El individuo experimenta una preocupación persistente por uno o más defectos o imperfecciones percibidas en su aspecto físico que no son observables o parecen sin importancia a otras personas. Esta preocupación suele centrarse en áreas específicas del cuerpo como el rostro (nariz, cutis, arrugas, acné), el cabello (apariencia, adelgazamiento, calvicie), la piel, el tamaño de las mamas, el tamaño y tono muscular, o los genitales.
Durante el curso del trastorno, la persona realiza comportamientos repetitivos y compulsivos como respuesta a la preocupación por su apariencia. Estos incluyen mirarse constantemente en el espejo (o evitarlos por completo), asearse en exceso, rascarse la piel, buscar constantemente la aprobación de su apariencia por parte de los demás.
La preocupación causa un malestar clínicamente significativo o deterioro en el funcionamiento social, laboral, académico u otras áreas importantes de la vida. Los síntomas afectivos más comunes asociados al TDC incluyen inseguridad (46%), baja autoestima (12%) y ansiedad (8%). Las áreas del cuerpo que desencadenan mayor preocupación son la cara (24%) y el abdomen (21%).
El impacto: comorbilidades y riesgo de suicidio
La característica más alarmante del TDC es que presenta la tasa de suicidio más alta de todos los trastornos psiquiátricos.
La ideación suicida se presenta hasta en el 49.6% de las mujeres y el 66.7% de los hombres con TDC. Los intentos de suicidio llegan hasta el 25%, con frecuentes repeticiones en la tentativa. Alrededor del 80% de las personas con TDC experimentan ideación suicida a lo largo de su vida, y entre el 25% y casi el 30% intentan suicidarse. La tasa de suicidios consumados es de 3 por cada 1,000 pacientes por año, lo que es 45 veces más frecuente que en la población general.
Los factores de riesgo específicos para el suicidio en personas con TDC incluyen ser adolescente, inicio del TDC durante la adolescencia, gravedad de la sintomatología dismórfica, comorbilidad con trastorno depresivo mayor y trastorno por uso de sustancias.
La influencia de la era digital
El uso excesivo de redes sociales influye negativamente en la autoestima y el autoconcepto de los adolescentes. Estudios recientes han encontrado resultados significativos entre el uso de TikTok y la evaluación y orientación frente a la apariencia, y entre el uso de Instagram y la preocupación por la condición física y la apariencia.
Los filtros de belleza: Una de las consecuencias más dañinas ha sido la proliferación de filtros de belleza que permiten modificar la apariencia con un solo clic. Estos filtros crean una «versión mejorada» de la persona que se convierte en su nueva referencia de normalidad. Cuando alguien se acostumbra a verse solo con filtros, su imagen real empieza a parecerle extraña o menos atractiva, pudiendo sentirse incómoda viéndose sin editar y evitando fotos sin filtros, videollamadas o incluso mirarse en el espejo con naturalidad.
Este fenómeno ha dado lugar al término «dismorfia de Snapchat» o «dismorfia del selfie», donde los pacientes llevan a sus cirujanos plásticos la foto filtrada a la que quieren parecerse, solicitando procedimientos para alcanzar una imagen que literalmente no existe en la realidad.
No intente enfrentar el TDC solo
El tratamiento del trastorno dismórfico corporal (TDC) requiere la intervención de profesionales de salud mental especializados, quienes pueden recomendar psicoterapia, medicación o una combinación de ambos. En particular, la terapia cognitivo-conductual resulta eficaz, siempre que el paciente participe activamente en tareas como los ejercicios de exposición y prevención de respuesta, fundamentales para la recuperación a pesar de la ansiedad que puedan generar.
Es importante reducir o eliminar el uso de redes sociales centradas en la imagen, como Instagram, TikTok o Snapchat, ya que estas plataformas suelen promover estándares de belleza irreales. Se recomienda evitar filtros de belleza y dejar de seguir cuentas que refuercen ideales inalcanzables. Adoptar una mirada crítica ante los contenidos visuales es esencial, recordando que muchas imágenes están editadas y no reflejan la realidad.
En lugar de enfocarse en la apariencia física, se sugiere valorar el cuerpo por lo que puede hacer —caminar, correr, abrazar, crear, trabajar— y no solo por cómo se ve. Incorporar prácticas como la respiración profunda, la relajación muscular progresiva, la meditación o el mindfulness puede ayudar a reducir la ansiedad relacionada con la imagen corporal.
El aislamiento social debe evitarse. Mantener vínculos con amigos y familiares, participar en actividades sociales y considerar unirse a grupos de apoyo son estrategias clave para la recuperación. El TDC afecta principalmente a adolescentes y jóvenes adultos, con un inicio común alrededor de los 16 años, etapa crucial en la formación de la identidad y la autoestima. El uso intensivo de redes sociales y filtros de belleza ha contribuido al aumento de casos de dismorfia corporal entre jóvenes mexicanos, distorsionando su percepción del cuerpo y generando malestar emocional.











