Con portaaviones nucleares y jets ultrasónicos, Trump reinventa la Doctrina Monroe
Miguel Ángel Rivera, Opinión domingo 4, Ene 2026CLASE POLITICA Miguel Ángel Rivera
Sólo el poder militar, la fuerza, el avance tecnológico, es lo que explica –que no justifica– el que alguna nación se erija en juez y verdugo de dimensión internacional para “castigar” a quienes atribuyen delitos.
Esto quedó en evidencia con la invasión de los Estados Unidos en territorio de Venezuela, para “extraer” (secuestrar) al dictador Nicolás Maduro y a su esposa, acusados de encubrir a organizaciones de tráfico de drogas, con su correspondiente soborno, coima, untada, cañonazo, “mordida” para los mexicanos.
También es de tener en cuenta que, en algunos círculos de la izquierda, se maneja la suposición que el gran imperio de los Estados Unidos –como ocurrió en la desaparecida Unión Soviética– se caerá, no por embates desde el exterior, sino como consecuencia de la descomposición interna, uno de cuyos aspectos sobresalientes es el incremento del consumo de drogas.
En consecuencia, para agravar ese punto débil, se debe facilitar cuando no participar activamente en el envío de cada vez mayores cantidades de enervantes, lo cual además genera considerables cantidades de dinero en efectivo que, teóricamente, debe servir para aliviar las necesidades de los más pobres, aunque en los hechos engorda los bolsillos y las cuentas bancarias de los traficantes y de quienes los protegen desde el poder.
En lo interno, sin el pretexto “ideológico” del combate al imperialismo, las organizaciones de delincuentes operan casi impunemente, pues cuando más de vez en cuando son arrestados algunos traficantes menores, mientras que los grandes capos se codean con los empresarios y funcionarios de altos niveles.
De acuerdo con cifras oficiales de las propias agencias de seguridad de los Estados Unidos, los delincuentes mexicanos, colombianos, venezolanos y otros menores entregan en las zonas fronterizas, incluidos los extensos litorales de esa nación, toneladas y toneladas de enervantes.
¿A quién? Eso se ignora. Por arte de magia, los enormes cargamentos se esfuman por los freeways y carreteras menores, hasta que reaparecen los cuerpos de cientos, miles, de estadounidenses que acuden a hospitales y centros de ayuda a desintoxicarse.
La sociedad estadounidense sólo expresa algún grado de indignación cuando uno de los afectados es un destacado personaje de la música, del teatro, de la televisión y del cine, pero el incidente se supera en cuanto terminan las exequias. Todavía ayer se conoció la súbita muerte de una joven hija del actor Tomy Lee Jones, ganador de un Óscar. Una de las hipótesis de los investigadores es que fue un exceso en el consumo de drogas, pero eso sólo se sabrá después de la necropsia, si es que la aprueban las autoridades y la familia.
Mientras tanto, el dictador venezolano Nicolás Maduro y su esposa, Cilia Adela Flores, están presos en Nueva York, acusados de complicidad en el tráfico de enervantes.
El heredero de Hugo Chávez Frías ha cometido numerosos delitos, pero valido de su poder, sin recibir castigo. Una de sus atrocidades ha sido perpetuarse en el poder a pesar del voto en contra de la mayoría de su pueblo, como sucedió en las recientes elecciones de julio de 2024, cuando fue superado ampliamente por el candidato de la oposición unida Edmundo González Urrutia, pero el tribunal electoral lo declaró vencedor, a pesar de no haber cumplido con el requisito constitucional de presentar las actas, mientras que la oposición, encabezada por Corina Machado, mostró documentos oficiales que daban la ventaja a su abanderado, con más del 60 por ciento de los votos.
La recompensa por la patriótica lucha de Machado y sus seguidores fue la entrega del Premio Nobel de la Paz, otorgado en el recién concluido 2024, mientras que el usurpador, disfrazado de defensor del pueblo pobre está en vías de entrar a un proceso judicial que podría costarle una condena de por vida.
Durante el denominado “chavismo”, régimen populista que impuso el ya fallecido Hugo Chávez Frías, luego de ser elegido a finales del siglo anterior, se presentó con las banderas de nacionalismo, antiimperialismo e integración latinoamericana, así como políticas sociales que transformaron el país, supuestamente en beneficio de los más pobres de la sociedad venezolana.
En los hechos, se aplicó una política de represión y de censura que se tradujo en el éxodo de casi la mitad de los venezolanos. La economía se vino abajo a pesar de que Venezuela tiene las mayores reservas de petróleo del mundo, pero su producción depende de trasnacionales que responden a los intereses de Washington, no de Caracas.
En la época de auge, antes del chavismo y durante los primeros años este régimen populista, en Miami apodaron “tabaratos”, a sus numerosos clientes venezolanos porque cuando pedían el precio de un producto, casi siempre comentaban “ta´ barato”. Ahora, según organismos internacionales, el salario promedio en Venezuela está en el undécimo sitio de las naciones latinoamericanas, por debajo de Costa Rica, Uruguay, Panamá, Chile, México, Argentina, Perú, Guatemala, Colombia y Brasil.
Con todo, el régimen chavista construyó y se fortaleció con el respaldo de una clase político-militar que no se puede librar del calificativo de “corrupta”, la cual destruyó todos los organismos de control para centralizar el poder en una sola persona, su ahora preso presidente (toda coincidencia con la realidad es pura casualidad).
La acción de los Estados Unidos fue justificada por su presidente, el magnate Donald Trump, por supuestas violaciones a la ley.
¿Cuál ley?
La ley del más fuerte.
¿Por qué?
Porque provienen de decisiones personales del multimillonario Trump que, con el aval de sus compañeros del Partido Republicano, legisladores y jueces, dan a esos caprichos la categoría de ley, como es la facultad de convertir a bandas de narcotraficantes en terroristas y, por consiguiente, perseguirlas en cualquier rumbo de planeta, claro en países donde no existe la posibilidad de una intensa respuesta armada.
¿Y cómo es que esos decretos de un dictador se convierten en leyes de aplicación internacional? ¿Cuándo hemos sido consultados? ¿Cuándo nuestros congresos han avalado dichos mandatos?
La respuesta es que nunca, pero también que no es necesario, porque eso ya lo decidieron Trump y los halcones de Washington, quienes, además, tienen la fuerza para aplicarlos.
Algunas naciones latinoamericanas dedican gran parte de sus presupuestos a reforzar y actualizar sus fuerzas armadas, pero ni siquiera una coalición tendría la capacidad ya no de hacer frente a todas las fuerzas de los Estados Unidos, sino a uno solo de sus carriers (portaaviones), como el Gerald R. Ford, desplegado en el Caribe y del que presuntamente partieron los aviones de combate que atacaron posiciones venezolanas sin tener ni una baja.
Esa es la “justicia” de la selva. Se impone el más poderoso, sin importar si le asiste o no la ley.
Se aplica a rajatabla la denominada “Doctrina Monroe”, enarbolada por la Unión Americana, la cual sostiene: “América para los americanos” y, para ellos, América es lo que nosotros conocemos como los Estados Unidos es, simplemente, “América”. El resto del hemisferio y gran parte del mundo son el resto de su territorio, el cual pueden anexarse o simplemente explotar.
Todo esto lo debe tener muy en cuenta nuestra presidenta, Claudia Sheinbaum Pardo, quien hasta la fecha puede presumir de haber contenido más o menos al dictador de la rubia melena, pero que no tiene ni mucho menos puede dar la seguridad de que no habrá acciones en territorio nacional como en Venezuela.
Tampoco su caudillo y antecesor, Andrés Manuel López Obrador, puede asegurar la inviolabilidad de nuestra soberanía. A lo que más puede llegar es, como lo ha hecho, recurrir a su posición de eterno inconforme. Se justifican sus protestas por la invasión a Venezuela, pero nada más puede hacer; sólo atenerse a que las agencias de seguridad de los Estados Unidos no lo consideran uno de los objetivos a perseguir.
Hasta sus frecuentes visitas a Badiraguato, uno de los enclaves del considerado terrorista Cártel de Sinaloa, pueden actuar en su contra.
¿Habrá en las filas de la llamada Cuarta Transformación otro teniente de artillería Josué Azueta Abad o un cadete Virgilio Uribe Robles dispuestos a arriesgar la vida contra invasores, así se presenten como justicieros?











