La marcha del odio disfrazada de paz: Manifestación Z
Hans Salazar, Opinión domingo 16, Nov 2025Hans Salar
El 15 de noviembre de 2025, la derecha mexicana volvió a marchar, esta vez escondida tras un nuevo disfraz: el de la juventud, la fe y la paz. No hubo nada de eso. Lo que se vio en las calles del centro histórico fue una procesión de resentimientos y nostalgias por un país desigual, con símbolos religiosos ondeando junto a banderas monárquicas y consignas contra la presidenta Claudia Sheinbaum.
La autodenominada “Marcha de la Generación Z” terminó revelando su verdadera composición: una mayoría de adultos y personas mayores, algunos con crucifijos en la mano y otros con carteles llenos de insultos machistas. A falta de causas legítimas, sobraron agravios personales y odio visceral. El grito de “queremos paz” se mezclaba con petardos, piedras y bombas de humo lanzadas contra la Catedral Metropolitana y el Palacio Nacional, ambos resguardados por vallas de hierro. El contraste fue brutal: se invocaba a Dios, mientras se celebraba la violencia.
La falsedad del discurso
Las imágenes difundidas por medios opositores y cuentas coordinadas en redes sociales intentaron presentar un evento multitudinario y juvenil. La realidad fue otra. Apenas un puñado de jóvenes entre una marea gris de quienes añoran el pasado conservador. La narrativa digital de “rebeldía juvenil” fue manufacturada en los laboratorios de la ultraderecha: viejos operadores políticos y empresarios que llevan años buscando recuperar la legitimidad perdida en las urnas.
En esa estrategia de manipulación, se repitió el patrón visto en otros países: el uso de símbolos juveniles y lenguaje de redes para disfrazar la misma agenda de siempre. Lo que en Argentina, o Brasil funcionó con figuras como Milei o Bolsonaro, aquí fracasó por falta de credibilidad. México no tiene el vacío social ni el colapso económico que alimentó a esos proyectos del odio.
El guion importado
No fue casualidad la presencia de mensajes anticomunistas, discursos religiosos y alusiones a la “defensa de la civilización occidental”. Son los códigos de una derecha global que intenta sembrar en México su versión tropical de la intolerancia.
El empresario Ricardo Salinas Pliego, promotor de este tipo de narrativas a través de la televisora del Ajusco que tiene como concesión, ha importado el modelo de agitadores extranjeros: desinformación, fake news, victimismo y odio digital. Pretenden convencer a los sectores privilegiados de que son “el pueblo oprimido” y culpar a las mujeres, los migrantes o los pobres de los males del país.
El fracaso de la provocación
Pese a la agresividad, la marcha terminó siendo un fracaso. No hubo causa, ni juventud, ni paz. Solo ruido y provocación. Los manifestantes querían que el gobierno respondiera con fuerza para presentarse como mártires, pero se toparon con una estrategia distinta: contención sin represión, y una ciudadanía que observó con distancia el espectáculo de odio.
México, con todos sus problemas, no es terreno fértil para esa semilla. Los programas sociales, el aumento al salario mínimo, las becas y pensiones, han creado un vínculo real entre el Estado y la población. A diferencia de otras naciones donde la ultraderecha creció sobre el desencanto y la miseria, aquí la mayoría sigue creyendo en el proyecto de bienestar y justicia.
En este contexto, la verdad se ha convertido en un campo de batalla. Las redes sociales, diseñadas para comunicar, han sido tomadas por quienes buscan deformar la realidad, fabricar enemigos y sembrar miedo. Pero el periodismo, el alternativo y el honesto, sigue siendo un contrapeso. Contar lo que ocurrió sin filtros, con nombres y contextos, es hoy un acto de resistencia frente a la maquinaria de manipulación que intenta imponer el relato del caos.
La responsabilidad colectiva
La sociedad mexicana enfrenta el desafío de no dejarse arrastrar por el discurso del rencor. La verdadera generación Z —la que trabaja, estudia, crea y sueña— merece otra narrativa: una que hable de derechos, justicia y dignidad, no de odio ni de violencia. Defender la transformación pacífica y social no es solo tarea del gobierno, sino de todas y todos los que creen que el futuro de México no se construye con petardos ni mentiras, sino con conciencia, memoria y verdad.
Michoacán, un estado marcado por la violencia
− Los gobiernos locales no escucharon a tiempo a los jóvenes
− El asesinato de Carlos Manzo volvió a encender las alertas
− Víctor Manuel Ubaldo Vidales, joven purépecha, es el asesino del alcalde de Uruapan, acribillado en el mismo acto
− Mario Aburto Martínez, joven de Zamora, Michoacán, asesinó a Luis Donaldo Colosio, entonces candidato a la Presidencia de la República, en marzo de 1994
− Los dos asesinos comparten patrones semejantes de marginalidad, baja calidad en sus estudios, desarraigo, disfuncionalidad familiar y abandono, por falta de oportunidades institucionales para desarrollarse
− Ambos, con estudios sólo de secundaria, jalaron el gatillo de pistolas de 9 milímetros para terminar con la vida de prominentes políticos mexicanos: uno, candidato del PRI a la Presidencia de la República; otro, alcalde de Uruapan sin filiación partidista, era independiente
Con una distancia histórica de más de tres décadas, dos puntos geográficos equidistantes, dos jóvenes replican un patrón de conducta delictiva que cimbrará, en forma coyuntural, el destino y rumbo político de una parte de la sociedad mexicana, donde la violencia selectiva y delincuencial aparece ante la ausencia de otras oportunidades de vida.
La precarización laboral, la falta de oportunidades escolares y de acompañamiento psicológico, el desarraigo familiar, el rechazo social y la migración —como una de las salidas prácticas a la miseria en una falsa visión— son elementos que comparten, como un mismo cuadro, una estampa detenida en el tiempo: Víctor Manuel Ubaldo Vidales y Mario Aburto Martínez.
Dos jóvenes con características semejantes —por su cuadro social y económico— fueron víctimas de la ausencia de la organicidad de un Estado (los gobiernos de Michoacán) que, desde tiempos neoliberales, promovió la desincorporación de las funciones primarias de un Estado que buscaba la rentabilidad y comercialidad del capital sobre la obra social y solidaria.
Si bien Michoacán forma parte de la vida institucional y de crecimiento después de la Revolución Mexicana, y fuente principal en la procreación de conceptos y desarrollo económico como una zona agroindustrial y de producción petrolífera, pesca, cultivo y puente de exportación, su desenvolvimiento en la escala nacional se encuentra en nivel aceptable, al obtener uno de los tres lugares en las ramas primarias.
En tanto eso ocurre, apenas este año, en materia de seguridad, Michoacán comparte con otros seis estados el 51% de homicidios dolosos, al ubicarse con 5.6%, según el informe más reciente, la semana anterior, por parte de la Secretaría de Seguridad Ciudadana.
Michoacán, a través de las últimas tres décadas, se posicionó también como el estado que más mexicanas y mexicanos expulsó, orillados a abandonar sus tierras para irse a radicar, con o sin documentos, a los Estados Unidos. Hoy se considera, al menos, que de los 40 millones de mexicanos radicados en ese país, alrededor de 4 millones son de Michoacán.
Este último punto, lejos de parecer un reconocimiento o ser postulado a un cuadro de honor, indica la enorme falta de oportunidades de miles de integrantes de generaciones que fueron expulsados, desarraigados de sus familias y entorno social, y lanzados —muchos de ellos y ellas — a una aventura sin retorno, a vivir en la orfandad y sin oportunidad de integración familiar hacia un futuro mejor.
Manuel y Mario —el primero acribillado en la plaza de Uruapan después de descargar su arma en seis ocasiones en contra del presidente municipal Carlos Manzo; y el segundo, quien cumple una condena en un penal por más de 33 años— son víctimas de la falta de oportunidades que debe ofrecer el Estado mexicano, como rector de la federación y el Estado michoacano.
Los procesos sociales y sus cambios son lentos en la línea del tiempo. El PRI, y después el PRD, con sus aliados, gobernaron Michoacán por casi ochenta años, tiempo en el que también se tejieron lazos con la delincuencia y se cedió terreno, dejando sola a la población.
Plan Michoacán
Un botón de muestra para volver a empezar, se vale.
Ante las alertas encendidas, es que el gobierno federal se lanzó, con toda la fuerza del Estado, a elaborar el Plan Michoacán por la Paz y la Justicia. Por eso, el fortalecimiento a la estrategia nacional de seguridad en el estado.
Atención a las causas, disminuir los factores de riesgo e impulsar la educación, programas sociales y bienestar, como llamados al desarme involuntario.
También se fortalecerá el plan de paz en cada municipio y se mantendrá un diálogo permanente. Y lo principal: reuniones con los jóvenes para escuchar sus propuestas, así como atención a las infancias.
El programa también incluye apoyos económicos a los pequeños productores y apoyo a la cosecha, siembra y comercialización del maíz y otros productos, además de ferias del empleo.
La construcción de caminos, reforzamiento en carreteras y apoyo en infraestructura para agua potable, riego y saneamiento.
Y, en especial, educación:
− Becas: 892 mil 639 becas.
− Estudiantes: 30 mil más de bachillerato.
− Centros comunitarios: 10 de alto rendimiento.
En total, se invertirán en este programa 57 mil 564 millones de pesos.
Bien, esperemos que este programa, como las buenas semillas, ofrezca un alentador y mejor escenario.
Nunca más un Manuel Ubaldo ni un Mario Aburto.













