La encrucijada de Pepe Tigre en Cancún
Quintana Roo domingo 27, Sep 2026
- Entre el rugido del santuario y la ley ambiental
- A más de quince años de los litigios por sus tierras, la presencia de inspectores de la Profepa y la viralización de videos reavivan el debate

Septiembre de 2026 marcó el resurgimiento mediático del antiguo restaurante Pepe’s Tigers, ubicado a la altura del kilómetro 6.5 del bulevar Kukulcán.
Por redacción DIARIOIMAGEN
Cancún.- Septiembre de 2026 marcó el resurgimiento mediático del antiguo restaurante Pepe’s Tigers, ubicado a la altura del kilómetro 6.5 del bulevar Kukulcán, frente a la concurrida Playa Tortugas. Lo que en las décadas de los ochenta y noventa fue uno de los establecimientos temáticos más célebres de Cancún —donde los comensales cenaban mientras contemplaban jaulas con tigres de bengala y jaguares— es hoy una estructura sombría, devorada por el salitre, el abandono y los escombros acumulados desde el paso del devastador huracán Wilma en octubre de 2005.
La tranquilidad relativa del lugar se quebró tras la difusión de una serie de videos realizados por creadores de contenido. El 4 de septiembre, el canal “Soy Gerald” exhibió una visita a las instalaciones; cinco días más tarde, el 9 de septiembre, el youtuber Ángel Vázquez publicó una extensa entrevista con Juárez Gil; y el 18 de septiembre, el canal “Mystery World” difundió un nuevo recorrido guiado por el inmueble. En dichos materiales audiovisuales, los visitantes recorren pasillos en penumbra, acceden a los refrigeradores donde don Pepe almacena raciones cárnicas y, bajo la instrucción del propio anfitrión, proceden a cortar y preparar trozos de carne cruda para alimentar al jaguar.
“Vivo con nada más y nada menos que con el rey de la península de Yucatán, que es el señor jaguar”, afirmó con orgullo Juárez Gil ante los micrófonos de Ángel Vázquez. El hombre explicó a los influencers que permitir la manipulación y suministro de alimento no era un descuido, sino la recreación de la experiencia interactiva que solía brindar a los turistas nacionales y extranjeros cuando su restaurante se encontraba en pleno auge comercial. En las grabaciones, la cercanía entre los visitantes desprovistos de equipo de protección y el enrejado del felino generó una ola inmediata de asombro y alarma en TikTok, Facebook y YouTube.
La respuesta de la autoridad no tardó en manifestarse. Un contingente integrado por inspectores de la Profepa y médicos veterinarios especializados acudió a la propiedad del bulevar Kukulcán con la consigna de realizar una diligencia formal: evaluar clínicamente al jaguar, revisar las condiciones del confinamiento y proceder, de considerarse procedente, a su aseguramiento y posterior traslado a un recinto adecuado. Sin embargo, el procedimiento quedó trunco. Juárez Gil se atrincheró en el inmueble y negó tajantemente el acceso a los funcionarios públicos y especialistas, alegando que el felino se encuentra sano, alimentado y amparado por certificados legales.
A la fecha, no existe un dictamen pericial actualizado emitido por la autoridad federal que determine con exactitud científica el estado físico, nutricional o biológico del animal, toda vez que la revisión técnica fue obstaculizada. De igual forma, tampoco se han hecho públicos expedientes administrativos que acrediten la vigencia o nulidad de los registros con los que el propietario asegura contar.
La voz de Don Pepe: supervivencia,
donaciones y la defensa de sus permisos
Frente al cerco institucional y el señalamiento público, José Juárez Gil mantiene una postura inquebrantable. A sus más de siete décadas de vida, el hombre rechaza categóricamente que su compañero de cuatro patas padezca hambre o abandono. Durante las recientes grabaciones y en diálogos con ciudadanos, don Pepe aseguró que cuenta con el respaldo desinteresado de dos médicos veterinarios que vigilan la salud del jaguar de forma voluntaria y sin percibir honorarios, mientras él se encarga de costear y suministrar los medicamentos prescritos.
En lo que respecta a la dieta del gran carnívoro, Juárez Gil desestimó que el animal subsista a base de desechos insalubres. Afirmó que mantiene un acuerdo de solidaridad con un comerciante mayorista al que identifica como “Junior”, propietario de una bodega en la Central de Abastos de Cancún, quien semanalmente le dona cortes frescos de carne para cubrir los requerimientos metabólicos del ejemplar. “Tengo certificados autorizados por Semarnat, por Profepa y por CITES”, ha insistido reiteradamente Juárez Gil.
Don Pepe sostiene además que el felino no siempre vivió confinado en el sótano del inmueble de la Zona Hotelera. Según su versión de los hechos, antes del declive de sus negocios los ejemplares eran rotados periódicamente hacia un predio exterior de veinte a veinticinco hectáreas, diseñado para evitar el estrés del confinamiento prolongado.
Incluso durante la frustrada diligencia de inspección ministerial, Juárez Gil aprovechó para contraatacar: exigió a los inspectores de la Profepa acudir al kilómetro 14.5 de la carretera Cancún-Aeropuerto, predio vinculado a viejas disputas donde, asegura, permanecen otros ejemplares felinos que no estarían recibiendo alimentación ni cuidados idóneos bajo custodia de terceros, un reclamo que la autoridad no ha esclarecido públicamente.
El expediente negro de 2011
La controversia actual no surgió de forma aislada; arrastra un abultado expediente histórico que data de más de una década. En abril de 2011, la Profepa, en coordinación con agentes del Ministerio Público Federal de la entonces Procuraduría General de la República (PGR), ejecutó un operativo de gran escala en dos inmuebles operados bajo la denominación de Pepe Jaguar Kingdom: el predio de la Zona Hotelera y un terreno localizado en la carretera Cancún-Aeropuerto.
El balance de aquel operativo culminó con el aseguramiento precautorio de diez ejemplares de fauna mayor: ocho tigres (uno de ellos de linaje siberiano y siete de bengala) y dos jaguares. Los informes oficiales emitidos en ese entonces por la autoridad ambiental detallaron graves anomalías que justificaron la intervención del Estado. Según los comunicados de Profepa, los felinos se encontraban en jaulas y encierros estructuralmente inseguros, con evidentes faltas de higiene y sin acreditar la legal procedencia exigida por la Ley General de Vida Silvestre.
El segundo dictamen oficial de la dependencia fue aún más contundente al catalogar el trato que recibían los ejemplares como incompatible con los estándares de dignidad y respeto hacia la fauna. La autoridad asentó que varios felinos mostraban síntomas evidentes de desnutrición, bajo peso corporal, parasitosis, afecciones cutáneas e infecciones sin tratamiento médico formal.
La secuela de aquel aseguramiento dejó un saldo sombrío: un tigre bautizado como “Satán” falleció poco tiempo después del decomiso debido a su deteriorado cuadro clínico, hecho que profundizó el encono entre Juárez Gil y las dependencias ambientales.
El sueño quebrado del santuario: litigios de tierras y el huracán Wilma
Para comprender la dimensión de la resistencia de Juárez Gil es indispensable retroceder a la época dorada de las inversiones turísticas en Cancún. Pepe Tigre no concebía su actividad únicamente como un espectáculo gastronómico en la franja costera; su mayor anhelo residía en consolidar una Unidad de Manejo para la Conservación de la Vida Silvestre (UMA) en la Delegación Alfredo V. Bonfil, un área suburbana del municipio de Benito Juárez.
Se trataba de un predio de más de 25 hectáreas proyectado para erigirse como un santuario zoológico de vanguardia, donde los felinos nacidos en cautiverio o rescatados de diversos circos y colecciones privadas contaran con amplias áreas de enriquecimiento ambiental, lagunas artificiales y dormitorios seguros. Sin embargo, ese proyecto jamás llegó a consolidarse. Tras la devastación ocasionada por el huracán Wilma en octubre de 2005, el flujo turístico colapsó, la economía de la plaza se paralizó y los restaurantes de la Zona Hotelera se vieron sumidos en una crisis de liquidez insalvable.
En medio de la reconstrucción y la quiebra financiera, se desató una feroz pugna legal por la tenencia de la tierra. Juárez Gil denunció haber sido víctima de un despojo sistemático y fraudes procesales operados por intereses inmobiliarios locales que codiciaban los terrenos de Bonfil, impulsados por la acelerada plusvalía de la periferia cancunense. El conflicto escaló a litigios civiles, mercantiles y penales que derivaron en órdenes de aprehensión e incluso en la privación temporal de su libertad.
El deterioro fue implacable. En marzo de 2019, la Fiscalía General del Estado de Quintana Roo llegó a emitir una ficha de búsqueda por la desaparición de José Juárez Gil, quien permaneció varios días sin ser localizado por sus familiares tras agudizarse los conflictos y presiones legales en su contra. Para sus allegados, aquel hombre enérgico de negocios fue transformándose progresivamente en un sobreviviente urbano que se atrincheró entre los escombros de su antiguo restaurante como último reducto de resistencia.
El dilema de la conservación
Desde la trinchera de los biólogos, etólogos y organizaciones defensoras de los derechos de los animales, el expediente de Pepe Tigre representa un caso emblemático de los riesgos inherentes al mascotismo y a la tenencia privada de fauna silvestre de alto impacto. Especialistas consultados advierten que, con independencia de las buenas intenciones o el apego emocional que el cuidador profese, un carnívoro de la talla de un jaguar conserva inalterados sus instintos predatorios y territoriales.
La manipulación de alimento crudo por parte de creadores de contenido digital o visitantes sin protocolos de barrera ni entrenamiento zoológico no solo vulnera las pautas de bioseguridad más elementales, sino que incrementa exponencialmente la probabilidad de incidentes trágicos por mordeduras o desgarros. Asimismo, el confinamiento en recintos cerrados de mampostería y enrejado básico, carentes de sustrato natural, vegetación y estímulos de enriquecimiento ambiental, genera en los felinos patologías asociadas al confinamiento, tales como estereotipias, atrofia muscular y estrés crónico.
Solidaridad vecinal: entre la empatía y la división
Lejos de generar un rechazo unánime, el caso de Pepe Tigre ha catalizado un respaldo comunitario heterogéneo pero ferviente. Convocatorias espontáneas en redes sociales han congregado a decenas de cancunenses que ven en Juárez Gil a una víctima de las presiones de un desarrollo urbano implacable que no perdona a los pioneros de la ciudad.
A mediados de septiembre, una convocatoria liderada por la ciudadana Anna Anitha en grupos de Facebook congregó a mujeres y familias frente a los portones del restaurante abandonado. Las asistentes expresaron que su intención no era defender la reclusión precaria del animal, sino vigilar que las autoridades no actúen con prepotencia ni despojen al anciano sin ofrecerle alternativas justas.
Por otro lado, sectores animalistas exigen una solución institucional que no caiga en el castigo penal contra don Pepe, pero que tampoco postergue más el rescate del jaguar. La propuesta sobre la mesa de diversos colectivos apunta a la intermediación de una reserva o santuario certificado de vida silvestre que permita una transición digna: donde el jaguar cuente con amplias hectáreas naturales bajo estricto cuidado biológico, y donde a José Juárez Gil se le otorgue un reconocimiento simbólico o la posibilidad de visitarlo con regularidad, disolviendo el conflicto mediante la reconciliación.















